CATÓLICOS EN DEMOCRACIA
Jorge Costadoat, S.J.
El título de este artículo alude a la experiencia política de pastores y laicos, en la sociedad pluralista y organizada de acuerdo a un sistema político democrático. Recuerda también la tensión entre estos y aquellos a la hora desempeñarse libre y responsablemente en la vida pública. No es fácil para los fieles que se les reclame posturas políticas en nombre de un credo religioso que es, en última instancia, insustituiblemente personal.La democracia es un "signo de los tiempos", es decir, una realidad reconocible como señal o vestigio de la acción de Dios en la historia; pero para poder ser reconocida como tal ella misma requiere de una auténtica conversión al poder de Jesús (al modo de entender y de ejercer el poder el “Cristo”, el “Mesías”). La fe cristiana coincide con la concepción moderna de la democracia como control del poder, pero corrige también su abstracción en la medida en que la remite al poder del crucificado. La defensa universal de los derechos humanos que reclama la democracia moderna encuentra en la identificación de Cristo con las víctimas un fundamento histórico concreto. La Iglesia coopera a aquella conversión cuando, consciente de ser ella misma parte del mundo, se deja gobernar por el Cristo cuyo poder proviene de su renuncia al poder de imponerse a los demás.La tensión principal que agita a los católicos en una sociedad como la nuestra dice relación directa con el misterio y la misión de la Iglesia. Esta no puede renunciar, y menos en un mundo pluralista que tiende a la dispersión, a representar y a buscar la unidad, comunicando al mundo la verdad que le ha sido revelada e indicando las vías de reconciliación del mundo con Dios. El problema es cómo lo hace, cómo representa históricamente esta unidad o, en otras palabras, con qué instrumentos o con qué poder lo intenta.La pretensión de unidad de la Iglesia exige distinguir los planos, para relacionarlos. La renuncia del crucificado al poder nos enseña que, en última instancia, el poder tiene un fundamento trascendente. Dios “todopoderoso” rehabilita a la persona y la causa de Jesús ajusticiado injustamente. Desde entonces, el ejercicio terreno del poder traduce su razón trascendente de ser en la medida en que, conforme a Cristo, incluye a los que otros marginan y auspicia la libertad ajena en lugar de prevalecer sobre ella a la fuerza. De aquí que el ejercicio “cristiano” del poder en favor de la unidad de la humanidad, exija considerar que los otros son "personas".
Recuperación de la persona
De modo semejante a como se hace necesario diferenciar el sentido trascendente del poder de su ejercicio histórico, es preciso distinguir a propósito de la "persona" su impronta permanente (la dignidad que tiene a los ojos de Dios) de su configuración empírica (el proceso humano interpersonal a través del cual ella realiza su vocación a Dios). La relación de estos dos aspectos tiene en la cultura occidental una tradición filosófica y teológica. La tradición filosófica nos recuerda la doble referencia de la persona a lo "incomunicable" (original e irrepetible) y a la "comunicación" (constitución psicológica y sociológica por inter-relación). La tradición judeo-cristiana remite a su fondo teológico último, el de la identidad personal del Hijo de Dios. La segunda “persona” de la Santísima Trinidad, el Hijo encarnado, muerto y resucitado, crea aquella fraternidad humana que hace posible una convivencia entre personas libres e iguales en dignidad.La modernidad ha heredado este concepto en parte, no del todo. En ella la “persona” resulta clave para comprender la vida en sociedad, porque sugiere la idea de la síntesis de contrarios que la moviliza: individualidad y comunidad, valor eterno y valor histórico. En la modernidad reciente o en la post-modernidad, sin embargo, el concepto se ha inclinado del lado de la libertad individual, de una autonomía sin par, de una emancipación incluso de cualquier alteridad terrena o celeste, en desmedro de la comunión.Si el reconocimiento de esta libertad, muchas veces ganado jurídica y políticamente por las personas, constituye un signo de nuestro tiempo, ciertamente no pueden ser voluntad de Dios las múltiples dependencias no siempre confesadas que, de hecho, condicionan gravemente el ejercicio de esta libertad y tampoco puede serlo el lamentable abandono en que las mismas personas subsisten a causa del individualismo propio o ajeno.En este contexto, para cumplir su misión de unidad de la sociedad humana, la Iglesia debiera acoger con actitud "maternal" a la persona real con su demanda de autonomía y su abandono. En vista de ello la Iglesia tendría que crear las condiciones para que estas personas tengan una experiencia a fondo de su identidad más profunda, a saber, esta de ser ulteriormente hijos e hijas de Dios, hermanos y hermanas unidos por vínculos comunitarios que dotan de contenido real a una libertad que, de otra manera, conduce a la mera dispersión y a la soledad.La Iglesia tiene a este propósito una oportunidad única de comunicar un mensaje que sea auténtica "buena noticia" universal. Difícilmente podrá hacerlo si en vez de abrirse a la persona real de nuestro tiempo y ofrecerle la experiencia de su vocación personal y comunitaria, procura prevalecer jurisdiccional o políticamente sobre ella. Sí podrá hacerlo, en cambio, si facilita el reconocimiento del vínculo que constituye a los individuos en personas mediante el lenguaje adecuado.
Un lenguaje vinculante
Lo que nuestra época no capta, es precisamente lo que la Iglesia quiere representar y no siempre puede: la antecedencia de la comunidad a las personas. Si en la modernidad las personas pretenden elegir sus pertenencias (a grupos, comunidades, redes, etc.), la Iglesia les recuerda que hay un vínculo originario con Dios y entre los hombres que hace posible estas elecciones. Si hoy predomina la idea de la religión como opción personal, la Iglesia simboliza que somos elegidos y recibidos en una comunidad que tiene una larga historia y al margen de la cual las decisiones individuales extravían.El reclamo que a favor de la comunidad hace la Iglesia de aquella red de vínculos que posibilitan a las mismas personas darse recíprocamente, no constituye un simple dato revelado, pues, aunque sea un dato religioso, éste engarza en la sociabilidad humana. Por esto la eucaristía como acción de gracias comunitaria a Dios por el don de su Hijo y de la salvación, como reconocimiento agradecido de los hermanos por la identidad de hijos e hijas de un Padre que nos ama aun antes de nuestro nacimiento desde y por toda la eternidad, entronca por ejemplo con la actitud básica de agradecimiento que Heidegger demanda del hombre. En perspectiva teológica, la Iglesia y cualquier comunidad humana que haga de espacio comunicativo para que lleguemos a ser personas unos a partir de los otros, deben ser vistas como obra del Creador.La Iglesia, por ende, no hace nada indebido, muy por el contrario, cumple su misión cuando exige de sus miembros el reconocimiento del vínculo comunitario que los une a la colectividad del pasado y los proyecta a un futuro también comunitario. Sin embargo, la realidad se manifiesta en ocasiones bastante distinta del ideal. En los hechos es lamentable que la búsqueda angustiada de una vinculación reiteradamente frustrada de nuestros contemporáneos, encuentre en la Iglesia una canalización precaria y a veces incomprensible.Son dos los desafíos que encara la Iglesia: ella debe comunicar lo que ha recibido con encargo de ser transmitido, pero debe hacerlo con el lenguaje idóneo. Así la tarea de enseñar y recordar a los fieles y a los que no lo son que hay una unión primordial con Dios, el que a la Iglesia se le haya encomendado interpretar cómo este vínculo con Dios origina vínculos de hermandad entre los seres humanos, debe ser anunciado en términos que se ajusten y expresen su realidad.Las mismas parábolas de Jesús ofrecen una pista. Ellas nos recuerdan que, si se trata de hablar en nombre de Dios, no hay lenguaje más feliz que el que sugiere varias posibilidades, el que apela a las diversas dimensiones de nuestra humanidad y que, por dirigirse indirectamente a su interlocutor, con un desvío retórico, sin violentarlo, hace posible su aceptación libre. El lenguaje eclesiástico, en cambio, a menudo persigue un solo sentido, es abstracto, no despierta la imaginación, no deja escapatoria y no consigue convencer. Si el mensaje de la Iglesia es universal, resulta determinante que sea comunicable en un lenguaje que sus propios fieles puedan acoger como una "buena noticia". Y, con mayor razón, los que no son creyentes. Por el contrario, un lenguaje que encierre a la Iglesia en sí misma o que imponga a la fuerza o políticamente sus contenidos a creyentes y no creyentes, la aleja de su misión. En suma, si se trata de anunciar el Evangelio a personas que ven en la Iglesia una amenaza a su libertad, sean católicos o no, parece fundamental recuperar el habla de Jesús.
LA INSPIRACIÓN CRISTIANA DE LA POLÍTICA
Esteban Gumucio
Todos los grandes amores en los que los cristianos ponemos en juego nuestra fe, están sumergidos en la ambigüedad. Como la ambigüedad del amor conyugal. El amor gratuito es ideal y lucha, la experiencia nuestra es 1a de un amor con heridas o por 1o menos rasguños.
Hasta el amor paterno y materno tiene su ambigüedad. ¿Es ansia de poder? ¿Es
acaparamiento? ¿Es satisfacción egoísta? En el amor, como en el arte y la cultura, puede haber
vanidad, envidia, avaricia. Somos limitados y pecadores.
Así también es el amor a la Polis, la civilidad: la política es un amor a la comunidad: el objeto
de la política es el Bien Común. Y es también ambigua. El cristiano tiene que amar el Bien
Común, sin el cual, se redobla la ambigüedad de los demás amores.
Es esa nuestra condición humana, tejida de ambigüedades. Maldecir a 1a política, colocarse
entre los intocables que no quieren ensuciarse, es matricularse en la sociedad de las vírgenes...
Son precisamente los que pretenden ser angélicos, no contaminados, los que se tornan
insensibles ante los más sagrados derechos del ser humano: aplaudirán las matanzas de los
nazis, aplaudirán a los déspotas, con tal de vivir tranquilos en sus islas de ojos cerrados.
San Agustín decía "¡Oh feliz culpa que nos merecería tal y tan gran redentor!"... Feliz
ambigüedad de nuestros amores que nos valen ahora y aquí necesitar de nuestro Redentor, en
todos los niveles de nuestra fe puesta concretamente en práctica.
En el contexto cultural de nuestros días el Poder aparece como algo especialmente ambiguo.
Hay en él una especie de contradicción insanable; es difícil separar el Bien del Mal; el egoísmo,de la entrega. El Poder deja traslucir espectacularmente la insuficiencia humana, la
disponibilidad del hombre para el bien y para el mal.
En nuestro mundo actual, el Poder tiene un rostro muy complejo y variado, formas de distinto
signo: tiene que articular poder económico, poder político pedagógico, cultural, religioso. Toda organizaci6n entraña ya un tipo de poder. Ante tan compleja realidad hay cierta imposibilidad de identificar bien su rostro, ya que a menudo se presenta hasta sin rostro, como es efectivamente el rostro anónimo o enmascarado de los mayores poderes en 1a humanidad actual.
Y todo tipo de poder es delicado de administrar. Con cierta razón el Antiguo Testamento
presenta el poder como algo sujeto a 1o demoníaco... El hombre se envanece con el poder, se siente dueño de la vida y llega hasta posponer a Dios. Es el pecado de soberbia de Adán y Eva, quienes simbó1icamente vienen a ser la encarnación de la más grave tentaci6n del ser creado: no reconocer a Dios como Dios. El Poder y la Riqueza son hermanos gemelos: hacen que el hombre confíe en sí mismo y se olvide de su hermano: crean autosatisfacción y se pierde el sentido de nuestra fragilidad como dependientes de Dios. La ciencia puede salirse de su sentido propio y revestirse de poder para inflarse y convertirse en esclava del poder geopolítico o del poder económico; la técnica puede llegar a trocarse en poder de muerte y destrucción. No se juega con el Poder: su sentido pleno está en ese hombre, Cristo Jesús, puesto de rodillas delante de los Doce en la última Cena. El es el Maestro y Señor y se coloca en la actitud del servidor humilde: el hombre es su amo a quien sirve hasta entregarle la vida; esa actitud de rodillas es só1o posible para el que, primero, ha subido a1 monte a orar y ha reconocido en el rostro misterioso de Dios a los hombres sus hermanos a quienes quiere servir. Podríamos decir que allí, en Jesús de rodillas orando ante su Padre, y en Jesús de rodillas lavando los pies de sus discípulos, se encuentra el secreto de la política auténtica: búsqueda del poder para servir.
En su sentido etimológico e histórico, la "política" hace referencia a la comunidad civil, ya sea
local, nacional, o internacional, y a los intereses propios de esta comunidad. O sea, es la tutela
y promoción del Bien Común: el servicio de tutelar y el servicio de promover. La actuación
política será, entonces, la actividad de los ciudadanos puesta al servicio de la comunidad civil
para la tutela y promoción del Bien Común.
Precisando el concepto de "Bien Común", el Concilio Vaticano II 1o define como un "conjunto
de condiciones que hacen posible a la sociedad y a cada uno de sus miembros el logro más
fácil y pleno de su propia perfección"... En el mismo Concilio, en Gaudium et Spes, se 1o define como el conjunto de condiciones que hacen "accesible al hombre todo 1o que necesita para vivir una vida auténticamente humana, como son: el alimento, el vestido, la vivienda, el
derecho a la libre elección de estado, a fundar una familia, a la educación, al trabajo, a la
buena fama, al respeto, a la adecuada información, a obrar de acuerdo con la propia
conciencia, a protección de la vida privada y al ejercicio de la justa libertad, también en
materia religiosa. El poder político será realmente servidor del Bien Común cuando, respetando la legítima libertad de los individuos, de la familia y de los grupos intermedios, se esfuerce por crear eficaz y justamente las condiciones adecuadas para alcanzar el verdadero bienestar del hombre, incluido su fin espiritual. Eso 1o decía Pablo VI en Octogésima Adveniens... En el fondo, este Bien Común es algo dinámico que estará siempre en camino, pero en un camino que tiene una dirección nítida: asegurar a todos y a cada uno de los ciudadanos sus derechos, servicio eficaz de todos los derechos humanos de todos y cada uno de los ciudadanos.
El compromiso político, entendido en sentido amplio, no sólo como militancia en un partido,
sino como empeño a favor del Bien Común, constituye para el cristiano un deber moral. Todos
los cristianos deben hacerse conscientes de su propia vocación dentro de la comunidad
política; tienen que ser un ejemplo vivo de sentido de responsabilidad y de servicio en Común. Éste es un deber de justicia y de caridad. Su ejercicio, su oportunidad concreta, se mide en dos coordenadas: la capacidad personal y la necesidad ajena. Ninguno en la Iglesia está exento en algún grado de este deber, pues siempre, en alguna forma puede promover o ayudar a las instituciones que sirven para mejorar las condiciones de vida de los hombres.
Pablo VI decía que la política es una manera exigente de vivir el compromiso cristiano al
servicio de los demás. En este sentido amplio, no como militancia en un partido determinado,
también los ministros de la Iglesia están obligados en justicia y caridad. Y no tiene nada de raro que siempre haya algún grupo de poder que vitupere al ministerio eclesial por “meterse en política”. Quisieran que el ministerio eclesial sea meramente decorativo, utilizado como las flores en las bodas, en los bautizos y en los entierros. Pero cuando ese ministerio eclesial habla por ejemplo de opción por los pobres o de reformas serias y urgentes en el orden socioeconómico, entonces, no sólo no se le hará caso, sino que habrá rasgaduras de vestiduras. Es que en el fondo, a todos nos cuesta un mundo dejamos interpelar por la radicalidad de Dios.
Se dice que Mussolini acuñó la siguiente frase: “Yo me ocupo de los hombres desde que nacen
hasta que mueren, y luego, se los entrego al Papa…”
Si el ministerio eclesiástico aceptara ese papel marginado de la historia, encontraría
ciertamente una determinada aceptación y paz social, en que realizaría tranquilamente una
cierta vida exquisita al interior de sí misma. Pero sería renunciar al Evangelio. La Misión de la
Iglesia es más importante que la Iglesia misma. Jamás debe pagar el ser reconocida al precio de renunciar al Evangelio de Jesús. La Iglesia es Iglesia de Cristo cuando existe “para los hombres". La comunión eclesial no puede ser una minoría de hacia dentro, ni tampoco una minoría demisión hacia afuera.
Dicho de otra manera, toda comunidad eclesial es de carácter intrínsecamente servicial, y por
1o tanto, de alguna manera, político.
“La política, decía Pablo VI, es una manera exigente de vivir el compromiso cristiano al servicio de los demás; exigente, porque el Evangelio nos desafía a ser plenamente coherentes entre nuestras opciones políticas y el seguimiento de Jesucristo. Todos los cristianos, laicos y
ministros eclesiales, tenemos que dar testimonio de la seriedad de nuestra fe, mediante un
servicio desinteresado y eficaz a los hombres”.
Y refiriéndose a la búsqueda de nuevos modelos de organización política, el mismo Papa decía:
"La doble aspiración a la igualdad y a la participación se dirige a promover un tipo de sociedad
democrática... Se han propuesto diversos modelos, de los cuales algunos han sido
experimentados ya, si bien ninguno es satisfactorio del todo. El cristiano tiene la obligación, de participar en esta búsqueda".
En esta línea es muy interesante 1o que dicen los Obispos en el Sínodo del año 1971: "La
misión de predicar el Evangelio nos exige hoy un empeño por la total liberación del hombre, ya en esta vida. De hecho, si el mensaje cristiano sobre el amor no demuestra prácticamente su eficacia en la justicia en el mundo, difícilmente obtendrá la credibilidad entre los hombres". En la base de la actividad política del cristiano está el valor cristiano esencial: es la caridad, la quinta esencia de todos los demás valores.
En consecuencia, la inspiración cristiana, en su polo negativo, tendrá que traducirse en la
denuncia y rechazo de todo 1o que se opone al amor fraterno. Por supuesto, no se refiere a un
amor fraterno sentimental, sino que alude a todas las formas del egoísmo, que en último
término afectan a las personas y a las estructuras sociales. Éstas son como cristalizaciones del
egoísmo.
Cristo nos enseña que la ley fundamental de la perfección humana, que lleva implícita la
transformación del cosmos, es el nuevo mandamiento de la caridad. El hombre que la fe revela y hacia el cual se orienta la acción política, no es un ente abstracto; es el hombre singular, concreto, histórico; cada persona humana con su nombre propio, creado por Dios y redimido por Cristo, el hombre como Dios 1o ha querido desde toda la eternidad.
Esta aguda sensibilidad hacia el hombre concreto y el pueblo concreto, lleva al político
cristiano a sentir vivamente la concreción histórica del pueblo. Todo político está al servicio del pueblo. Tiene que existir con el pueblo. No sólo trabajar para el pueblo, sino compartir su vida permanecer en comunión con él, hacerse intérprete de las esperanzas y frustraciones que la historia ha ido sedimentando en la conciencia del pueblo. La inspiración cristiana en la política está lejos de ser una política de tipo anónimo y despersonalizado. Es 1o contrario de una manipulación del hombre. El individuo humano no es un material en la construcción de un
futuro tecnológicamente planificado. El Evangelio y la Iglesia se yerguen contra el intento de
valorar al individuo sólo en función de una evolución social dirigida por la técnica.
Para el político de inspiración cristiana, este hombre concreto, histórico y real que se inserta
en un pueblo también concreto, histórico y real, aparece identificado con el mismo Cristo: es
Cristo.
Ésta es la más fuerte motivación para el amor-servicio. Juan Pablo II, en Redemptor Hominis,
dice bellamente: "Para nosotros, esta responsabilidad se hace particularmente evidente
cuando recordamos la escena del Juicio Universal parabolizada por Jesús en Mateo 25... Tuve
hambre y me diste de comer... etc. Es como un patrón de los actos humanos, como el esquema general para el examen de conciencia de cada hombre".
El amor-servicio como categoría fundamental de la actividad política implica una serie de
criterios y actitudes. Voy a mencionar a algunos criterios y actitudes que manifiestan una
inspiración cristiana del compromiso político.
• Actuar conforme a la propia conciencia debidamente informada. Esto es el ejercicio de una
libertad responsable, 1o que no es símbolo de subjetivismo. Ella implica dejarse interpelar por
el principio desinteresado del amor-servicio y no por el individualismo. La luz de las
convicciones personales nos viene de la Palabra de Dios, recibida e interpretada en la
comunidad eclesial. Nos viene del conocimiento de las alternativas que se ofrecen en la
sociedad, demanda una información responsable, además de una convicción interna personal,
que no se deja llevar por presiones.
• Desarrollar el espíritu de iniciativa. Supone esfuerzo para descubrir el mundo de los otros, las situaciones de necesidad; exige inventiva e imaginación social para descubrir las instituciones y estructuras para servir. Así podemos hacernos cargo de la historia, ser corresponsales de la Creación.
• Actuar de tal manera que las propias opciones respeten a las personas, la dignidad
inalienable de todo ser humano. Desistir de instrumentalizar a nadie. Esto se expresa en la
preocupación por la Justicia, en la opción por los desamparados y marginados.
• Renunciar al interés personal en términos económicos, de prestigio, de carrera. También al
interés de grupo, de categorías sociales, de partido, de iglesia. El único interés es la promoción del otro. "Hay más alegría en dar que en recibir". Así cobra sentido el espíritu de
sacrificio. Los que buscan la paz y la justicia suelen tener que llevar la cruz de Jesús.
• Cultivar un sincero respeto y amor hacia los adversarios políticos. Esto se traduce en un
espíritu pluralista en 1o contingente, en un respeto por las opciones libres en la elección de los
medios, en el llamado a la participación de grupos que procuren el Bien Común. Pero supone
también una convicción en tomo a 1o necesario: en la defensa de la vida, en el rechazo a la
tortura, al aborto, a la violencia, a la injusticia social.
• Por último, la política exige un sentido práctico, una capacidad de concreción, como la que se refleja en la Parábola del Buen Samaritano, que resuelve el problema del herido abandonado en el camino. Es este sentido de 1o concreto 1o que nos lleva a considerar la economía como subordinada al bien del ser humano. Ella es un medio y no un fin, un medio para algo superior, en vista del cual requiere eficiencia social. Y esto vale no só1o para los bienes materiales, sino que también para alcanzar la libertad y el desarrollo integral.
En síntesis, la sociedad tiene derecho a esperar un suplemento de alma de parte de los
cristianos, si es que espera llegar a ser más justa, más humana y fraterna. Aquí está en juego la
credibilidad del Evangelio encarnado en ellos.
La fuente para llevar a la práctica una inspiración cristiana de la política es la relación personal
con Cristo, presente en la Iglesia como lugar sacramental. Pero también en 1o secreto de la
oración. La contemplación es sustentadora de la acción.
Un discurso del Padre Arrupe ve al cristiano como un "hombre de fe profunda y de oración,
entregado por amor de Cristo al servicio de los hermanos y a promover el Bien Común en
todas las dimensiones". Éste es un hombre que no se cierra en el círculo estrecho y
oportunista de un partido. Un hombre que posee un gran sentido de Iglesia y que se deja guiar
por su doctrina social y política. Un hombre humilde que ha aprendido a escuchar a los demás
y no sólo a los miembros de su partido o a sus electores. Un hombre que en medio de las
dificultades, mantiene incó1ume su confianza en Dios. Un hombre que, aparte de dar
testimonio con su vida, trata de encarnar en la sociedad los valores evangélicos del respeto, la
fraternidad, el progreso humano, la justicia y la dedicación especial a los pobres.
En otras palabras, para santificar la política es indispensable que los políticos aspiren a la
santidad.
CARTA ENCÍCLICADIUTURNUM ILLUDDEL SUMO PONTÍFICELEÓN XIIISOBRE LA AUTORIDAD POLÍTICA
1. La prolongada y terrible guerra declarada contra la autoridad divina de la Iglesia ha llegado adonde tenía que llegar: a poner en peligro universal la sociedad humana y, en especial, la autoridad política, en la cual estriba fundamentalmente la salud pública. Hecho que vemos verificado sobre todo en este nuestro tiempo.
Las pasiones desordenadas del pueblo rehúsan, hoy más que nunca, todo vínculo de gobierno. Es tan grande por todas partes la licencia, son tan frecuentes las sediciones y las turbulencias, que no solamente se ha negado muchas veces a los gobernantes la obediencia, sino que ni aun siquiera les ha quedado un refugio seguro de salvación. Se ha procurado durante mucho tiempo que los gobernantes caigan en el desprecio y odio de las muchedumbres, y, al aparecer las llamas de la envidia preconcebida, en un pequeño intervalo de tiempo la vida de los príncipes más poderosos ha sido buscada muchas veces hasta la muerte con asechanzas ocultas o con manifiestos atentados. Toda Europa ha quedado horrorizada hace muy poco al conocer el nefando asesinato de un poderoso emperador. Atónitos todavía los ánimos por la magnitud de semejante delito, no reparan, sin embargo, ciertos hombres desvergonzados, en lanzar a cada paso amenazas terroristas contra los demás reyes de Europa.
2. Estos grandes peligros públicos, que están a la vista, nos causan una grave preocupación al ver en peligro casi a todas horas la seguridad de los príncipes, la tranquilidad de los Estados y la salvación de los pueblos. Y, sin embargo, la virtud divina de la religión cristiana engendró los egregios fundamentos de la estabilidad y el orden de los Estados desde el momento en que penetró en las costumbres e instituciones de las ciudades. No es el más pequeño y último fruto de esta virtud el justo y sabio equilibrio de derechos y deberes entre los príncipes y los pueblos. Porque los preceptos y ejemplos de Cristo Señor nuestro poseen una fuerza admirable para contener en su deber tanto a 1os que obedecen como a los que mandan y para conservar entre unos y otros la unión y concierto de voluntades, que es plenamente conforme con la naturaleza y de la que nace el tranquilo e imperturbado curso de los asuntos públicos. Por esto, habiendo sido puestos por la gracia de Dios al frente de la Iglesia católica como custodio e intérprete de la doctrina de Cristo, Nos juzgamos, venerables hermanos, que es incumbencia de nuestra autoridad recordar públicamente qué es lo que de cada uno exige la verdad católica en esta clase de deberes. De esta exposición brotará también el camino y la manera con que en tan deplorable estado de cosas debe atenderse a la seguridad pública.
I. DOCTRINA CATÓLICASOBRE EL ORIGEN DE LA AUTORIDAD
Necesidad de la autoridad
3. Aunque el hombre, arrastrado por un arrogante espíritu de rebelión, intenta muchas veces sacudir los frenos de la autoridad, sin embargo, nunca ha podido lograr la liberación de toda obediencia. La necesidad obliga a que haya algunos que manden en toda reunión y comunidad de hombres, para que la sociedad, destituida de principio o cabeza rectora, no desaparezca y se vea privada de alcanzar el fin para el que nació y fue constituida. Pero si bien no ha podido lograrse la destrucción total de la autoridad política en los Estados, se ha querido, sin embargo, emplear todas las artes y medios posibles para debilitar su fuerza y disminuir su majestad. Esto sucedió principalmente en el siglo XVI, cuando una perniciosa novedad de opiniones sedujo a muchos. A partir de aquel tiempo, la sociedad pretendió no sólo que se le diese una libertad más amplia de lo justo, sino que también quiso modelar a su arbitrio el origen y la constitución de la sociedad civil de los hombres. Pero hay más todavía. Muchos de nuestros contemporáneos, siguiendo las huellas de aquellos que en el siglo pasado se dieron a sí mismos el nombre de filósofos, afirman que todo poder viene del pueblo. Por lo cual, los que ejercen el poder no lo ejercen como cosa propia, sino como mandato o delegación del pueblo, y de tal manera, que tiene rango de ley la afirmación de que la misma voluntad popular que entregó el poder puede revocarlo a su antojo. Muy diferente es en este punto la doctrina católica, que pone en Dios, como un principio natural y necesario, el origen del poder político.
4. Es importante advertir en este punto que los que han de gobernar los Estados pueden ser elegidos, en determinadas circunstancias, por la voluntad y juicio de la multitud, sin que la doctrina católica se oponga o contradiga esta elección. Con esta elección se designa el gobernante, pero no se confieren los derechos del poder. Ni se entrega el poder como un mandato, sino que se establece la persona que lo ha de ejercer. No se trata en esta encíclica de las diferentes formas de gobierno. No hay razón para que la Iglesia desapruebe el gobierno de un solo hombre o de muchos, con tal que ese gobierno sea justo y atienda a la común utilidad. Por lo cual, salvada la justicia, no está prohibida a los pueblos la adopción de aquel sistema de gobierno que sea más apto y conveniente a su manera de ser o a las intituciones y costumbres de sus mayores.
El poder viene de Dios
5. Pero en lo tocante al origen del poder político, la Iglesia enseña rectamente que el poder viene de Dios. Así lo encuentra la Iglesia claramente atestiguado en las Sagradas Escrituras y en los monumentos de la antigüedad cristiana. Pero, además, no puede pensarse doctrina alguna que sea más conveniente a la razón o más conforme al bien de los gobernantes y de los pueblos.
6. Los libros del Antiguo Testamento afirman claramente en muchos lugares que la fuente verdadera de la autoridad humana está en Dios: «Por mí reinan los reyes...; por mí mandan los príncipes, y gobiernan los poderosos de la tierra»(1). Y en otra parte: «Escuchad vosotros, los que imperáis sobre las naciones..., porque el poder os fue dado por Dios y la soberanfa por el Altísimo»(2). Lo cual se contiene también en el libro del Eclesiástico: «Dios dio a cada nación un jefe»(3). Sin embargo, los hombres que habían recibido estas enseñanzas del mismo Dios fueron olvidándolas paulatinamente a causa del paganismo supersticioso, el cual, así como corrompió muchas nociones e ideas de la realidad, así también adulteró la genuina idea y la hermosura de la autoridad política. Más adelante, cuando brilló la luz del Evangelio cristiano, la vanidad cedió su puesto a la verdad, y de nuevo empezó a verse claro el principio noble y divino del que proviene toda autoridad. Cristo nuestro Señor respondió al presidente romano, que se arrogaba la potestad de absolverlo y condenarlo: «No tendrías ningún poder sobre mí si no te hubiera sido dado de lo alto»(4). Texto comentado por San Agustín, quien dice: «Aprendamos lo que dijo, que es lo mismo que enseñó por el Apóstol, a saber: que no hay autoridad sino por Dios»(5). A la doctrina y a los preceptos de Jesucristo correspondió como eco la voz incorrupta de los apóstoles. Excelsa y llena de gravedad es la sentencia de San Pablo dirigida a los romanos, sujetos al poder de los emperadores paganos: No hay autoridad sino por Dios. De la cual afirmación, como de causa, deduce la siguiente conclusión: La autoridad es ministro de Dios(6).
7. Los Padres de la Iglesia procuraron con toda diligencia afirmar y propagar esta misma doctrina, en la que habían sido enseñados. «No atribuyamos —dice San Agustín— sino a sólo Dios verdadero la potestad de dar el reino y el poder»(7). San Juan Crisóstomo reitera la misma enseñanza: «Que haya principados y que unos manden y otros sean súbditos, no sucece el acaso y temerariamente..., sino por divina sabiduría»(8). Lo mismo atestiguó San Gregorio Magno con estas palabras: «Confesamos que el poder les viene del cielo a los emperadores y reyes»(9). Los mismos santos Doctores procuraron también ilustrar estos mismos preceptos aun con la sola luz natural de la razón, de forma que deben parecer rectos y verdaderos incluso a los que no tienen otro guía que la razón.
En efecto, es la naturaleza misma, con mayor exactitud Dios, autor de la Naturaleza, quien manda que los hombres vivan en sociedad civil. Demuestran claramente esta afirmación la facultad de hablar, máxima fomentadora de la sociedad; un buen número de tendencias innatas del alma, y también muchas cosas necesarias y de gran importancia que los hombres aislados no pueden conseguir y que unidos y asociados unos con otros pueden alcanzar. Ahora bien: no puede ni existir ni concebirse una sociedad en la que no haya alguien que rija y una las voluntades de cada individuo, para que de muchos se haga una unidad y las impulse dentro de un recto orden hacia el bien común. Dios ha querido, por tanto, que en la sociedad civil haya quienes gobiernen a la multitud. Existe otro argumento muy poderoso. Los gobernantes, con cuya autoridad es administrada la república, deben obligar a los ciudadanos a la obediencia, de tal manera que el no obedecerles constituya un pecado manifiesto. Pero ningún hombre tiene en sí mismo o por sí mismo el derecho de sujetar la voluntad libre de los demás con los vínculos de este imperio. Dios, creador y gobernador de todas las cosas, es el único que tiene este poder. Y los que ejercen ese poder deben ejercerlo necesariamente como comunicado por Dios a ellos: «Uno solo es el legislador y el juez, que puede salvar y perder»(10). Lo cual se ve tambíén en toda clase de poder. Que la potestad que tienen los sacerdotes dimana de Dios es verdad tan conocida, que en todos los pueblos los sacerdotes son considerados y llamados ministros de Dios. De modo parecido, la potestad de los padres de familia tiene grabada en sí cierta efigie y forma de la autoridad que hay en Dios, «de quien procede toda familia en los cielos y en la tierra»(11). Por esto las diversas especies de poder tienen entre sí maravillosas semejanzas, ya que toda autoridad y poder, sean los que sean, derivan su origen de un solo e idéntico Creador y Señor del mundo, que es Dios.
8. Los que pretenden colocar el origen de la sociedad civil en el libre consentimiento de los hombres, poniendo en esta fuente el principio de toda autoridad política, afirman que cada hombre cedió algo de su propio derecho y que voluntariamente se entregó al poder de aquel a quien había correspondido la suma total de aquellos derechos. Pero hay aquí un gran error, que consiste en no ver lo evidente. Los hombres no constituyen una especie solitaria y errante. Los hombres gozan de libre voluntad, pero han nacido para formar una comunidad natural. Además, el pacto que predican es claramente una ficción inventada y no sirve para dar a la autoridad política la fuerza, la dignidad y la firmeza que requieren la defensa de la república y la utilidad común de los ciudadanos. La autoridad sólo tendrá esta majestad y fundamento universal si se reconoce que proviene de Dios como de fuente augusta y santísima.
II. UTILIDAD DE LA DOCTRINA CATÓLICAACERCA DE LA AUTORIDAD
La concepción cristiana del poder político
9. Es imposible encontrar una enseñanza más verdadera y más útil que la expuesta. Porque si el poder político de los gobernantes es una participación del poder divino, el poder político alcanza por esta misma razón una dignidad mayor que la meramente humana. No precisamente la impía y absurda dignidad pretendida por los emperadores paganos, que exigían algunas veces honores divinos, sino la dignidad verdadera y sólida, la que es recibida por un especial don de Dios. Pero además los gobernados deberán obedecer a los gobernantes como a Dios mismo, no por el temor del castigo, sino por el respeto a la majestad, no con un sentimiento de servidumbre, sino como deber de conciencia. Por lo cual, la autoridad se mantendrá en su verdadero lugar con mucha mayor firmeza. Pues, experimentando los ciudadanos la fuerza de este deber, huirán necesariamente de la maldad y la contumacia, ya que deben estar persuadidos de que los que resisten al poder político resisten a la divina voluntad, y que los que rehúsan honrar a los gobernantes rehúsan honrar al mismo Dios.
10. De acuerdo con esta doctrina, instruyó el apóstol San Pablo particularmente a los romanos. Escribió a éstos acerca de la reverencia que se debe a los supremos gobernantes, con tan gran autoridad y peso, que no parece pueda darse una orden con mayor severidad: «Todos habéis de estar sometidos a las autoridades superiores... Que no hay autoridad sino por Dios, y las que hay, por Dios han sido ordenadas, de suerte que quien resiste a la autoridad resiste a la disposición de Dios, y los que la resisten atraen sobre sí la condenación... Es preciso someterse no sólo por temor del castigo, sino por conciencia»(12). Y en esta misma línea se mueve la noble sentencia de San Pedro, Príncipe de los Apóstoles: «Por amor del Señor estad sujetos a toda autoridad humana —constituida entre vosotros—, ya al emperador, como soberano, ya a los gobernadores, como delegados suyos, para castigo de los malhechores y elogio de los buenos. Tal es la voluntad de Dios»(13).
11. Una sola causa tienen los hombres para no obedecer: cuando se les exige algo que repugna abiertamente al derecho natural o al derecho divino. Todas las cosas en las que la ley natural o la voluntad de Dios resultan violadas no pueden ser mandadas ni ejecutadas. Si, pues, sucede que el hombre se ve obligado a hacer una de dos cosas, o despreciar los mandatos de Dios, o despreciar la orden de los príncipes, hay que obedecer a Jesucristo, que manda dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios(14). A ejemplo de los apóstoles, hay que responder animosamente: «Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres»(15). Sin embargo, los que así obran no pueden ser acusados de quebrantar la obediencia debida, porque si la voluntad de los gobernantes contradice a la voluntad y las leyes de Dios, los gobernantes rebasan el campo de su poder y pervierten la justicia. Ni en este caso puede valer su autoridad, porque esta autoridad, sin la justicia, es nula.
12. Pero para que la justicia sea mantenida en el ejercicio del poder, interesa sobremanera que quienes gobiernan los Estados entiendan que el poder político no ha sido dado para el provecho de un particular y que el gobierno de la república no puede ser ejercido para utilidad de aquellos a quienes ha sido encomendado, sino para bien de los súbditos que les han sido confiados. Tomen los príncipes ejemplo de Dios óptimo máximo, de quien les ha venido la autoridad. Propónganse la imagen de Dios en la administración de la república, gobiernen al pueblo con equidad y fidelidad y mezclen la caridad paterna con la severidad necesaria. Por esta causa las Sagradas Letras avisan a los príncipes que ellos también tienen que dar cuenta algún día al Rey de los reyes y Señor de los señores. Si abandonan su deber, no podrán evitar en modo alguno la severidad de Dios. «Porque, siendo ministros de su reino, no juzgasteis rectamente... Terrible y repentina vendrá sobre vosotros, porque de los que mandan se ha de hacer severo juicio; el Señor de todos no teme de nadie ni respetará la grandeza de ninguno, porque El ha hecho al pequeño y al grande e igualmente cuida de todos; pero a los poderosos amenaza poderosa inquisición»(16).
13. Con estos preceptos que aseguran la república se quita toda ocasión y aun todo deseo de sediciones. Y quedan consolidados en lo sucesivo, al honor y la seguridad de los príncipes, la tranquilidad y la seguridad de los Estados. Queda también salvada la dignidad de los ciudadanos, a los cuales se les concede conservar, en su misma obediencia, el decoro adecuado a la excelencia del hombre. Saben muy bien que a los ojos de Dios no hay siervo ni libre, que hay un solo Señor de todos, rico para todos los que lo invocan(17), y que ellos están sujetos y obedecen a los príncipes, porque éstos son en cierto modo una imagen de Dios, a quien servir es reinar(18).
Su realización histórica
14. La Iglesia ha procurado siempre que esta concepción crístiana del poder político no sólo se imprima en los ánimos, sino que también quede expresada en la vida pública y en las costumbres de los pueblos. Mientras en el trono del Estado se sentaron los emperadores paganos, que por la superstición se veían incapacitados para alcanzar esta concepción del poder que hemos bosquejado, la Iglesia procuró inculcarla en las mentes de los pueblos, los cuales, tan pronto como aceptaban las instituciones cristianas, debían ajustar su vida a las mismas. Y así los Pastores de las almas, renovando los ejemplos del apóstol San Pablo, se consagraban, con sumo cuidado y diligencia, a predicar a los pueblos que vivan sumisos a los príncipes y a las autoridades y que los obedezcan(19). Asimismo, que orasen a Dios por todos los hombres, pero especialmente por los emperadores y por todos los constituidos en dignidad, porque esto es bueno y grato ante Dios nuestro Salvador(20). De todo lo cual los antiguos cristianos nos dejaron brillantes enseñanzas, pues siendo atormentados injusta y cruelmente por los emperadores paganos, jamás dejaron de conducirse con obediencia y con sumisión, en tales términos que parecía claramente que iban como a porfía los emperadores en la crueldad y los cristianos en la obediencia. Era tan grande esta modestia cristiana y tan cierta la voluntad de obedecer, que no pudieron ser oscurecidas por las maliciosas calumnias de los enemigos. Por lo cual, aquellos que habían de defender públicamente el cristianismo en presencia de los emperadores, demostraban principalmente con este argumento que era injusto castigar a los cristianos según las leyes, pues vivían de acuerdo con éstas a los ojos de todos, para dar ejemplo de observancia. Así hablaba Atenágoras con toda confianza a Marco Aurelio y a su hijo Lucio Aurelio Cómmodo: «Permitís que nosotros, que ningún mal hacemos, antes bien nos conducimos con toda piedad y justicia, no sólo respecto a Dios, sino también respecto al Imperio, seamos perseguidos, despojados, desterrados»(21). Del mismo modo alababa públicamente Tertuliano a los cristianos, porque eran, entre todos, los mejores y más seguros amigos del imperio: «El cristiano no es enemigo de nadie, ni del emperador, a quien, sabiendo que está constituido por Dios, debe amar, respetar, honrar y querer que se salve con todo el Imperio romano»(22). Y no dudaba en afirmar que en los confines del imperio tanto más disminuía el número de sus enemigos cuanto más crecía el de los cristianos: «Ahora tenéis pocos enemigos, porque los cristianos son mayoría, pues en casi todas las ciudades son cristianos casi todos los ciudadanos»(23). También tenemos un insigne testimonio de esta misma realidad en la Epístola a Diogneto, la cual confirma que en aquel tiempo los cristianos se habían acostumbrado no sólo a servir y obedecer las leyes, sino que satisfacían a todos sus deberes con mayor perfección que la que les exigían las leyes: «Los cristianos obedecen las leyes promulgadas y con su género de vida pasan más allá todavía de lo que las leyes mandan»(24).
15. Sin embargo, la cuestión cambiaba radicalmente cuando los edictos imperiales y las amenazas de los pretores les mandaban separarse de la fe cristiana o faltar de cualquier manera a los deberes que ésta les imponía. No vacilaron entonces en desobedecer a los hombres para obedecer y agradar a Dios. Sin embargo, incluso en estas circunstancias no hubo quien tratase de promover sediciones ni de menoscabar la majestad del emperador, ni jamás pretendieron otra cosa que confesarse cristianos, serlo realmente y conservar incólume su fe. No pretendían oponer en modo alguno resistencia, sino que marchaban contentos y gozosos, como nunca, al cruento potro, donde la magnitud de los tormentos se veía vencida por la grandeza de alma de los cristianos. Por esta razón se llegó también a honrar en aquel tiempo en el ejército la eficacia de los principios cristianos. Era cualidad sobresaliente del soldado cristiano hermanar con el valor a toda prueba el perfecto cumplimiento de la disciplina militar y mantener unida a su valentía la inalterable fidelidad al emperador. Sólo cuando se exigían de ellos actos contrarios a la fe o la razón, como la violación de los derechos divinos o la muerte cruenta de indefensos discípulos de Cristo, sólo entonces rehusaban la obediencia al emperador, prefiriendo abandonar las armas y dejarse matar por la religión antes que rebelarse contra la autoridad pública con motines y sublevaciones.
16. Cuando los Estados pasaron a manos de príncipes cristianos, la Iglesia puso más empeño en declarar y enseñar todo lo que hay de sagrado en la autoridad de los gobernantes. Con estas enseñanzas se logró que los pueblos, cuando pensaban en la autoridad, se acostumbrasen a ver en los gobernantes una imagen de la majestad divina, que les impulsaba a un mayor respeto y amor hacia aquéllos. Por lo mismo, sabiamente dispuso la Iglesia que los reyes fuesen consagrados con los ritos sagrados, como estaba mandado por el mismo Dios en el Antigua Testamento. Cuando la sociedad civil, surgida de entre las ruinas del Imperia romano, se abrió de nuevo a la esperanza de la grandeza cristiana, los Romanos Pontífices consagraron de un modo singular el poder civil con el imperium sacrum. La autoridad civil adquirió de esta manera una dignidad desconocida. Y no hay duda que esta institución habría sido grandemente útil, tanto para la sociedad religiosa como para la sociedad civil, si los príncipes y los pueblos hubiesen buscado lo que la Iglesia buscaba. Mientras reinó una concorde amistad entre ambas potestades, se conservaron la tranquilidad y la prosperidad públicas. Si alguna vez los pueblos incurrían en el pecado de rebelión, al punto acudía la Iglesia, conciliadora nata de la tranquilidad, exhortando a todos al cumplimiento de sus deberes y refrenando los ímpetus de la concupiscencia, en parte con la persuasión y en parte con su autoridad. De modo semejante, si los reyes pecaban en el ejercicio del poder, se presentaba la Iglesia ante ellos y, recordándoles los derechos de los pueblos, sus necesidades y rectas aspiraciones, les aconsejaba justicia, clemencia y benignidad. Por esta razón se ha recurrido muchas veces a la influencia de la Iglesia para conjurar los peligros de las revoluciones y de las guerras civiles.
Las nuevas teorías
17. Por el contrario, las teorías sobre la autoridad política, inventadas por ciertos autores modernos, han acarreado ya a la humanidad serios disgustos, y es muy de temer que, andando el tiempo, nos traerán mayores males. Negar que Dios es la fuente y el origen de la autoridad política es arrancar a ésta toda su dignidad y todo su vigor. En cuanto a la tesis de que el poder político depende del arbitrio de la muchedumbre, en primer lugar, se equivocan al opinar así. Y, en segundo lugar, dejan asentada la soberanía sobre un cimiento demasiado endeble e inconsistente. Porque las pasiones populares, estimuladas con estas opiniones como con otros tantos acicates, se alzan con mayor insolencia y con gran daño de la república se precipitan, por una fácil pendiente, en movimientos clandestinos y abiertas sediciones. Las consecuencias de la llamada Reforma comprueban este hechos. Sus jefes y colaboradores socavaron con la piqueta de las nuevas doctrinas los cimientos de la sociedad civil y de la sociedad eclesiástica y provocaron repentinos alborotos y osadas rebeliones, principalmente en Alemania. Y esto con una fiebre tan grande de guerra civil y de muerte, que casi no quedó territorio alguno libre de la crueldad de las turbas. De aquella herejía nacieron en el siglo pasado una filosofia falsa, el llamado derecho nuevo, la soberanía popular y una descontrolada licencia, que muchos consideran como la única libertad. De aquí se ha llegado a esos errores recientes que se llaman comunismo, socialismo y nihilismo, peste vergonzosa y amenaza de muerte para la sociedad civil. Y, sin embargo, son muchos los que se esfuerzan por extender el imperio de males tan grandes y, con el pretexto de favorecer al pueblo, han provocado no pequeños incendios y ruinas. Los sucesos que aquí recordamos ni son desconocidos ni están muy lejanos.
III. NECESIDAD DE LA DOCTRINA CATÓLICA
18. Y lo peor de todo es que los príncipes, en medio de tantos peligros, carecen de remedios eficaces para restablecer la disciplina pública y pacificar los ánimos. Se arman con la autoridad de las leyes y piensan que podrán reprimir a los revoltosos con penas severas. Proceden con rectitud. Pero conviene advertir seriamente que la eficacia del castigo no es tan grande que pueda conservar ella sola el orden en los Estados. El miedo, como enseña Santo Tomás, «es un fundamento débil, porque los que se someten por miedo, cuando ven la ocasión de escapar impunes, se levantan contra los gobernantes con tanta mayor furia cuanto mayor ha sido la sujeción forzada, impuesta únicamente por el miedo. Y, además, el miedo exagerado arrastra a muchos a la desesperación, y la desesperación se lanza audazmente a las más atroces resoluciones»(25). La experiencia ha demostrado suficientemente la gran verdad de estas afirmaciones.
Es necesario, por tanto, buscar una causa más alta y más eficaz para la obediencia. Hay que establecer que la severidad de las leyes resultará infructuosa mientras los hombres no actúen movidos por el estímulo del deber y por la saludable influencia del temor de Dios. Esto puede conseguirlo como nadie la religión. La religión se insinúa por su propia fuerza en las almas, doblega la misma voluntad del hombre para que se una a sus gobernantes no sólo por estricta obediencia, sino también por la benevolencia de la caridad, la cual es en toda sociedad humana la garantía más firme de la seguridad.
19. Por lo cual hay que reconocer que los Romanos Pontífices hicieron un gran servicio al bien común cuando procuraron quebrantar la inquieta e hinchada soberbia de los innovadores advirtiendo el peligro que éstos constituían para la sociedad civil. Es digna de mención a este respecto la afirmación dirigida por Clemente VII a Fernando, rey de Bohemia y Hungría: «En la causa de la fe va incluida también la dignidad y utilidad, tanto tuya como de los demás soberanos, pues no es posible atacar a la fe sin grave ruina de vuestros propios intereses, lo cual se ha comprobado recientemente en algunos de esos territorios». En esta misma línea ha brillado la providente firmeza de nuestros predecesores, especialmente de Clemente XII, Benedicto XIV y León XII, quienes, al ver cundir extraordinariamente la epidemia de estas depravadas teorías y al comprobar la audacia creciente de las sectas, hicieron uso de su autoridad para cortarles el paso y evitar su entrada. Nos mismos hemos denunciado muchas veces la gravedad de los peligros que nos amenazan. Y hemos indicado al mismo tiempo el mejor remedio para conjurarlos. Hemos ofrecido a los príncipes y a todos los gobernantes el apoyo de la Iglesia. Hemos exhortado a los pueblos a que se aprovechen de los bienes espirituales que la Iglesia les proporciona. De nuevo hacemos ahora a los reyes el ofrecimiento de este apoyo, el más firme de todos, y con vehemencia les amonestamos en el Señor para que defiendan a la religión, y en ínterés del mismo Estado concedan a la Iglesia aquella libertad de la cual no puede ser privada sin injusticia y perdición de todos. La Iglesia de Cristo no puede ser sospechosa a los príncipes ni mal vista por los pueblos. La Iglesia amonesta a los príncipes para que ejerzan la justicia y no se aparten lo más mínimo de sus deberes. Pero al mismo tiempo y de muchas maneras robustece y fomenta su autoridad. Reconoce y declara que los asuntos propios de la esfera civil se hallan bajo el poder y jurisdicción de los gobernantes. Pero en las materias que afectan simultáneamente, aunque por diversas causas, a la potestad civil y a la potestad eclesiástica, la Iglesia quiere que ambas procedan de común acuerdo y reine entre ellas aquella concordia que evita contiendas desastrosas para las dos partes. Por lo que toca a los pueblos, la Iglesia ha sido fundada para la salvación de todos los hombres y siempre los ha amado como madre. Es la Iglesia la que bajo la guía de la caridad ha sabido imbuir mansedumbre en las almas, humanidad en las costumbres, equidad en las leyes, y siempre amiga de la libertad honesta, tuvo siempre por costumbre y práctica condenar la tiranía. Esta costumbre, ingénita en la Iglesia, ha sido expresada por San Agustín con tanta concisión como claridad en estas palabras: «Enseña [la Iglesia] que los reyes cuiden a los pueblos, que todos los pueblos se sujeten a sus reyes, manifestando cómo no todo se debe a todos, aunque a todos es debida la claridad y a nadie la injusticia»(26).
20. Por estas razones, venerables hermanos, vuestra obra será muy útil y totalmente saludable si consultáis con Nos todas las empresas que por encargo divino habéis de llevar a cabo para apartar de la sociedad humana estos peligrosos daños. Procurad y velad para que los preceptos establecidos por la Iglesia católica respecto del poder político del deber de obediencia sean comprendidos y cumplidos con diligencia por todos los hombres. Como censores y maestros que sois, amonestad sin descanso a los pueblos para que huyan de las sectas prohibidas, abominen las conjuraciones y que nada intenten por medio de la revolución. Entiendan todos que, al obedecer por causa de Dios a los gobernantes, su obediencia es un obsequio razonable. Pero como es Dios quien da la victoria a los reyes(27) y concede a los pueblos el descanso en la morada de la paz, en la habitación de la seguridad y en el asilo del reposo(28), es del todo necesario suplicarle insistentemente que doblegue la voluntad de todos hacia la bondad y la verdad, que reprima las iras y restituya al orbe entero la paz y tranquilidad hace tiempo deseadas.
21. Para que la esperanza en la oración sea más firme, pongamos por intercesores a la Virgen María, ínclita Madre de Dios, auxilio de los cristianos y protectora del género humano; a San José, su esposo castísimo, en cuyo patrocinio confía grandemente toda la Iglesia; a los apóstoles San Pedro y San Pablo, guardianes y defensores del nombre cristiano.
Entre tanto, y como augurio del galardón divino, os damos afectuosamente a vosotros, venerables hermanos, al clero y al pueblo confiado a vuestro cuidado, nuestra bendición apostólica.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el 29 de junio de 1881, año cuarto de nuestro pontificado.
miércoles, 27 de agosto de 2008
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